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Ana María Salazar Romero Escrito por  Dic 08, 2015 - 1151 Views

Nuestro hijo es diferente

La llegada de un bebé con una discapacidad, al principio, impacta y entristece a los padres. Pero con la orientación adecuada, es posible manejar el desconcierto y sacar adelante a ese niño especial, amándolo entrañablemente.

Cuando recibimos la maravillosa noticia de que vamos a ser padres, nos creamos un sinfín de expectativas relacionadas a cómo será nuestro bebé. Sentimos algunas ansiedades y temores al pensar que nuestro hijo pudiera nacer con algún tipo de problema, pero cuando estos miedos son confirmados por el médico, el impacto que experimenta la familia genera un estado de conmoción que altera la dinámica del hogar, los proyectos, planes, etc. El nacimiento de un hijo con algún tipo de discapacidad nos ubica frente a una situación inesperada y difícil de manejar, la cual provoca un entramado de sentimientos tales como: impotencia, angustia, frustración, rabia, desesperación y desconcierto, entre otros. El dolor es tan intenso y, en muchos casos, destructivo para la estabilidad emocional.

Luego entramos en un proceso de negación y de no aceptación, propias del duelo a elaborar por el nacimiento de un hijo especial. Emerge una serie de sentimientos encontrados: por un lado, el deseo y necesidad de atender y proteger al niño; por otro lado, el rechazo inconsciente por su limitación, que es percibido por el bebé, quien a su vez, en ocasiones, rechaza el pecho materno. El mundo interno psíquico de los padres se sacude más intensamente al constatar que todas sus expectativas   en relación a su futuro hijo se vienen abajo, que por el hecho mismo de la incapacidad como tal, emergiendo en ambos padres reacciones contrarias a las esperadas de aceptación y protección,  impidiendo una activa adaptación necesaria a la realidad.


LA DINÁMICA FAMILIAR

La llegada de un niño especial genera una crisis en el sistema familiar, en la que todos sus miembros se ven afectados, así como también la dinámica relacional. Se rompe el equilibrio familiar, volviéndose imprescindible una reestructuración en cuanto a roles y funciones para permitir la adaptación de todos los miembros a un nuevo estilo de vida. Si hay otros hijos, ellos empiezan a percibir sentimientos de abandono por la dedicación de sus padres hacia el nuevo miembro, lo que puede ocasionar bajo rendimiento escolar y trastornos en la conducta, entre otros. La esfera sexual de la pareja también se ve afectada, ya que, por algún tiempo, está presente el fantasma de que el próximo hijo no será normal, lo que a su vez, en ocasiones, cierra la posibilidad de que la familia siga creciendo.

 

CRISIS Y OPORTUNIDAD

En general, la familia debe instruirse acerca de la discapacidad del pequeño, pues será de mucha ayuda conocer, informarse y conectarse con todas aquellas instituciones que proveen la ayuda y los recursos necesarios, para poner en marcha los tratamientos adecuados dentro de nuestras posibilidades. Es importante contar con los profesionales idóneos que estén abiertos a informar, apoyar, orientar y capacitar a la familia en cuanto al manejo de la situación; de esta manera, se promoverá la rápida adaptación del núcleo familiar a esta nueva etapa de vida, influyendo positivamente en el desarrollo integral del niño.

Los primeros años del niño son cruciales (en cuanto a tiempo), ya que mientras más rápido se detecten los problemas y trastornos del pequeño, más pronto se irán desarrollando las herramientas necesarias que le permita desenvolverse lo mejor posible en su entorno. Conocer los programas de atención para el niño e incluirlo desde muy corta edad hará que desarrolle al máximo sus habilidades. Establecer y contar con una red de ayuda familiar generará en los padres la contención necesaria, aumentando su seguridad. El primer impacto que siente la familia se va atenuando con el paso del tiempo, y la convivencia con un niño especial nos lleva a plantearnos inquietudes que no hubiéramos pensado antes del suceso; por ejemplo: ¿Hasta qué punto la sociedad permitirá a este ser especial desenvolverse y funcionar satisfactoriamente?

Si faltamos, ¿podrá nuestro hijo salir adelante? ¿Hasta dónde la familia extensa estará dispuesta a comprometerse para lograr este fin? Sin embargo, la ternura e inocencia de estos pequeños aporta al sistema familiar la oportunidad de reconectarnos con muchos sentimientos que, por el trajín cotidiano, hemos ido dejando de lado:

Nos llevan a reafirmarnos en nuestros valores y a replantear la escala de prioridades que teníamos establecida hasta aquel momento; nos hacen mejores personas, sacan lo mejor de nuestra esencia y nos recuerdan continuamente que nada es más importante que el milagro de la vida. 

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Ana María Salazar Romero

Psicoterapeuta Familiar y de Pareja
Licenciada en Orientación y Consultoría Familiar
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