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Maite Balda Escrito por  Jun 14, 2019 - 229 Views

La ciencia detrás de la felicidad

La búsqueda de la felicidad es una hazaña común a través de los siglos y civilizaciones. La felicidad no es solo un estado de ánimo, una emoción puntual, pero un estado global. Todos tenemos un nivel base emocional. Esta base es susceptible a picos y bajones, pero la base se modifica muy lentamente y suele ser bastante constante. La línea base es lo que denominamos felicidad y los picos positivos son alegrías y los picos negativos son penas.  Míralo así: Cuando a una persona le suben el sueldo se encuentra feliz. Ahora, con los días, esa persona se acostumbra a esta nueva posesión. La euforia inicial se merma y se vuelve al mismo nivel de felicidad inicial. No obstante, estos momentos, felices o tristes, influyen poco a poco en la línea base. Y es que, si bien, no tenemos pleno control sobre lo que sucede en nuestras vidas, sí tenemos control sobre cómo nos afectan. Así mismo, tenemos control sobre diferentes factores que influyen en nuestra felicidad.

 

La felicidad está compuesta básicamente por el juego entre dos dimensiones, los factores endógenos y los factores exógenos.

 

Los factores endógenos son aquellos dictados por la biología, la cognición y la personalidad. Cuando hablamos de influencias biológicas nos referimos al temperamento, a la genética, equilibrios neurológicos de neurotransmisores, factores endocrinológicos, hormonas, y estado físico y mental. La ciencia apunta a que esta dimensión es responsable de un 35%-50% de la felicidad. Si bien no hay un gen de la felicidad, la genética si orquestra la composición química detrás del estado de humor y el procesamiento emocional.

 

Los factores exógenos incluyen las circunstancias socio-culturales, factores económicos, influencias climáticas, y eventos emocionales.

Ambas dimensiones se combinan y afectan a nuestro estado anímico. Un ejemplo de esta combinación es el efecto que tiene en tu estado anímico un día gris. En ausencia de sol, nuestro cuerpo sobre produce melatonina. La melatonina es una hormona que regula el ciclo natural del sueño. Cuanta más melatonina, mas sueños nos da.  Por otra parte, la ausencia de sol también hace que haya una disminución en la producción de serotonina. La serotonina es el neurotransmisor mayoritariamente responsable de la felicidad. Si bien no podemos controlar el clima, éste tiene un efecto en nosotros a nivel químico. Pero más allá de cómo nos puede afectar biológicamente un factor exógeno, hay un nivel mental y psicológico que solo depende de cada uno de nosotros. Si estamos dispuestos a sonreír, independientemente del clima que haya, esto afectará como vivimos ese día.

Combinando los factores exógenos y endógenos podemos delinear 5 categorías principales que modulan nuestra felicidad. Cada una de estas categorías tiene un gran peso en nuestra felicidad.

 

La primera categoría para vivir una vida feliz, es tener una mentalidad positiva. Hay mil maneras de enfocar toda circunstancia. Sin importar que situación sea, siempre hay una perspectiva que es, aunque sea mínimamente, más positiva.  La mejor manera de hacer esto es atesorando la gratitud, buscar siempre los colaterales positivos de toda situación y tener esperanza. Varios estudios científicos abalan que las personas agradecidas experimentan más emociones positivas a lo largo del día, tienen un sentimiento de pertenencia mucho mayor y presentan índices significativamente inferiores de depresión y estrés.  Al principio ponernos esas gafas de color rosa y siempre buscar el lado positivo nos puede costar. Es mucho más fácil pensar que el coche que te rebaso por la derecha de mala manera es un impresentable, versus a pensar que quizás es una pobre madre que se olvidó que los miércoles su hija tiene clases de baloncesto y llega una hora tarde a recogerla. Poner el esfuerzo de mirar el mundo de manera positiva se convierte poco a poco en algo por defecto. Si bien hay que ser realistas y no todo siempre puede ser idílico, siempre hay una manera de enfocar la realidad que sea más positiva.  

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La segunda categoría para vivir una vida feliz es tener buenas relaciones y apego. Desde hace siglos se sabe que el humano es un animal social. Y es que este elemento de relación con el mundo externo es fundamental para nuestra felicidad. La empatía es una característica humana esencial que nos permite compartir y entender los estados internos de los demás, sus creencias e intenciones. De hecho, la comunidad científica ha encontrado que nuestros estados emocionales están altamente influenciados por aquellos que están presentes. Tanto es así que cuando una persona en una resonancia magnética ve imágenes positivas, las interpreta como mucho más positivas si esta un amigo presente comparado con ver la misma imagen solo. Aun mas allá, se ha comprobado que las emociones de quienes tenemos a nuestro alrededor son contagiosas. Varias replicaciones del mismo estudio científico muestran que la mera presencia de una persona feliz, aumenta la felicidad de otros a su alrededor significativamente. Por la misma regla de tres, las emociones negativas también son susceptibles de afectas a los demás.

 

Las relaciones sociales son tan poderosas en nuestra felicidad que el simple hecho de conversar y contarle a otra persona algo que nos ha sido negativo, alivia ese sentimiento de malestar. Tan poderoso es el efecto de las relaciones que afecta la secreción de neurotransmisores y hormonas. En estudio científico se pidió a los participantes que relataran diferentes eventos felices de sus vidas y los calificaran en una escala del 1-10 en felicidad. Después de cada relato, se tomaban muestras de saliva. Sorprendentemente se encontró que el nivel de serotonina en la saliva era significativamente mayor cuando se recordaban eventos en los que había más personas implicadas, incluso comparadas con otros relatos que se calificaban como subjetivamente más alegres. Y es que aquellas personas que tienen un amigo cercano o más son personas más felices. Parece que no se trata tanto de tener una red de amigos o familiares cerca, sino como y que tan frecuentemente cooperamos en actividades y compartimos sentimientos y experiencias personales con ellos.

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La oxitocina es una hormona directamente vinculada a las relaciones de confianza y lealtad. Es una hormona esencial en la creación de relaciones románticas, así como relaciones de amistad o de amor entre padres e hijos. Algunos estudios muestran, por ejemplo, que cuando una pareja está separada por un largo periodo de tiempo, la carencia de contacto físico reduce el nivel de oxitocina, y genera una necesidad de apego. Tener relaciones donde podemos expresarnos emocionalmente sin miedos y tener contacto físico son elementos clave para la felicidad. El contacto piel con piel no solo es increíblemente positivo para los bebes recién nacidos, todos los humanos nos beneficiamos de un incremento de segregación de oxitocina ante contactos genuinos de amor y cariño.

 

En este mundo de redes sociales y relaciones cibernéticas, donde la mayoría de contactos son a través de aparatos digitales, es importante mantener relaciones cara a cara, ya que estas son las que crean los vínculos humanos más fuertes. Tanta es nuestra necesidad de apego y contacto físico que sentir una ligera presión, similar a la de un abrazo, es capaz de generar oxitocina y aliviar estrés en una persona. Por eso veces cuando estamos tristes buscamos una sudadera o arroparnos con una mantita. El efecto calmante de sentir presión es tan efectivo que se aplica muy comúnmente a personas con autismo, donde cojines de presión o chalecos ayudan a tranquilizar eventos de sobre estimulación.  La necesidad de apego también se ve satisfecha, hasta cierto grado, con al cariño de una mascota. Varias autoridades científicas han encontrado que cuando un dueño pasa tiempo acariciando su mascota, experimenta mayores niveles de segregación de oxitocina.

 

La tercera categoría para vivir una vida feliz es buscar ser altruista, y dar a los demás.

Las personas que hacen voluntariado y cuidan a otros tienen índices de depresión significativamente más bajos y índices de felicidad significativamente más altos. Aunque hacer voluntariado muchas veces consiste en colaborar en una organización o club, también puede ser tan sencillo como contactar con un conocido o amigo que sabemos que esta solo o que lo está pasando mal. Estar pendiente de los demás no solo nos recuerda todos los motivos por lo que deberíamos estar agradecidos, pero nos da un sentimiento de responsabilidad y logro. Cuando tenemos cosas que hacer, personas que dependen de nosotros y responsabilidades es más difícil ponerse triste por cosas que en otras circunstancias parecerían importantes.

Por otra parte, cuando ayudamos a los demás y vemos el efecto positivo que hemos generado, nuestro cuerpo segrega serotonina. Este sentimiento de logro y satisfacción refuerza el comportamiento altruista y fortalece el vínculo social de nuestra felicidad.  

 

La cuarta categoría para vivir una vida feliz es procurar tener las necesidades básicas cubiertas. Como seres tangibles, estamos sujetos a nuestro estado físico. La mejor manera para procurar tener una vida feliz es poner esfuerzo en tener un buen estado físico y de salud. Si bien muchas veces la salud no es un factor que podamos controlar, siempre suele haber algo que podemos hacer para mejorar la situación, en mayor o menor grado. Por ejemplo, solemos poder controlar nuestra capacidad de hacer ejercicio y de comer de manera saludable. Ahora, hay comidas que son altas en azucares capaces de hacernos sentir genial mientras las comemos e incluso entre 30 y 60 minutos después, pero suelen conllevar luego estar hinchados, sentirte culpable o incluso en un peor estado anímico que antes de comerlas. No obstante, una dieta sana y equilibrada es científicamente capaz de hacerte sentir mejor. Hacer deporte tiene también múltiples beneficios en cuanto a nuestra felicidad. Está documentado que hacer ejercicio de manera regularmente mejora el estado mental y emocional, así como reduce el índice de padecer depresión. Esto se debe a múltiples factores, entre ellos y el mejor conocido es el efecto que tiene el deporte en la secreción de endorfinas. Las endorfinas tienen una estructura química y propiedades analgésicas similares a los opioides. Las endorfinas son producidas por la glándula pituitaria y el hipotálamo durante el esfuerzo físico. Tener un buen nivel de endorfinas en el cuerpo da una sensación de felicidad y bienestar y se consigue básicamente con cualquier ejercicio. Es debido a las endorfinas que el deporte se convierte muy rápidamente en una rutina, tu cuerpo lo aprecia y lo busca.  

El deporte no solo ayuda a la secreción de endorfinas, pero también libera adrenalina. La adrenalina en altas cantidades puede ser perjudicial, pero cantidades pequeñas tiene efectos muy positivos para la salud. La adrenalina acelera el corazón, eleva el flujo de sangre a los músculos y constriñe los vasos sanguíneos menos importantes.  

Es interesante saber también que hacer ejercicio en si es beneficioso, pero con quien lo realizas también lo es. Cuando hacemos ejercicio en el gimnasio, en un ambiente de grupo o salimos a correr con un compañero, no solo liberamos endorfinas y adrenalina, ¡pero también oxitocina!

Por ultimo, la cuarta categoría para vivir una vida feliz es buscar un sentido. Ya sea religioso, espiritual o personal, dar un sentido a nuestra acciones y comportamientos garantiza un mayor grado de felicidad. Cuando hay un motivo por el que nos despertamos cada día, cuando hay una razón por la que nos comportamos como lo hacemos, o cuando hay una razón por la que luchar, es cuando descubrimos un tipo de felicidad más profunda.  Varios científicos de un amplio abanico de religiones y pensamientos han encontrado que escribir o hablar con otros con regularidad sobre nuestras experiencias aporta a nuestra felicidad y bienestar. Poner en papel o verbalizar nuestros pensamientos, sentimientos y emociones tiene muchas veces un efecto de saneamiento sin importar si se trata de experiencias positivas o negativas. La explicación va mucho más allá de desfogar.   Cuando hacemos tangibles, ya sea hablando o escribiendo nuestros pensamientos más íntimos, creamos una situación en la que estamos invitados a reflexionar sobre lo que ha sucedido, como ha sucedido, porque ha sucedido y que podemos hacer al respecto. También nos ayuda a dar un paso hacia atrás y ver la situación de manera más general y desvincularnos y observar casi que en tercera persona nuestra vida.

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Otra manera de encontrar un significado a nuestra vida es practicando meditación y mindfulness. Está demostrado que estas prácticas incrementan la secreción de moléculas inhibidoras GABA, conocidas también como las moléculas anti-ansiedad. Ya sea una hora de yoga, media hora de escribir en un diario, unos minutos de conducir meditando y haciendo un examen de consciencia sobre nuestro día, rezar el rosario o quince minutos de mindfulness, todos aportan a la meta de conseguir paz interior.

 

Cuando vivimos con una meta, un sentido en mente, estimulamos la secreción de dopamina. La dopamina tiene el mismo efecto adictivo en el cerebro que muchas drogas y está muy relacionada con el sistema de recompensas neuronal. Cuando te poner una meta y lo consigues liberas dopamina. Vivir con un sentido y tener metas no solo libera dopamina y GABA, pero también genera un mayor nivel de serotonina. La serotonina nos hace sentir útiles, nos hace sentir que pertenecemos. Es de la mezcla de todas estas moléculas que buscar un sentido, encontrarlo y vivir de acorde a él, aumenta la felicidad.

 

La psicología humana es un tanto peculiar. Nuestra manera de vivir, pensar y recordar experiencias no es siempre tan lógica como se esperaría. Un ejemplo es como valoramos el total de placer o dolor de una experiencia independientemente al valor objetivo real de la misma.  El premio Nobel Daniel Kahneman estudió este efecto con resultados muy curiosos. Se le pidió a un grupo de participantes que metieran la mano en un tanque con agua en dos condiciones diferentes. La primera condición duraba 60 segundos. Aquí, los participantes mantenían la manudo dentro de agua a 14 grados centígrados. Posteriormente, experimentaban una segunda condición en la que mantenían la mano en agua durante un total de 90 segundos. Los primeros 60 segundos tenían la mano metida en agua a 14 grados centígrados y luego el agua se calentaba un grado y mantenían la mano dentro 30 segundos más.   Un par de minutos más tarde se les daba a elegir a los participantes volver a repetir una de las dos condiciones. Sorprendentemente, ¡La mayoría de los participantes elegía repetir la condición de 90 segundos! Para entender bien el estudio hay que tener en cuenta que tener la mano en agua fría es muy desagradable; cuanto más pasa el tiempo, el sentimiento de desagrado solo aumenta; por último, 15 grados centígrados, sigue siendo agua helada. Con todo esto en mente, ¿Por qué elegirían los participantes la condición con mayor valor objetivo de dolor?

 

En ambas condiciones el peor momento era tener la mano en agua a 14 grados. Ahora, en la condición más larga, el final era ligeramente más positivo. En total, la media de temperatura y el final del experimento eran ligeramente más favorables. Otro estudio realizado por este mismo grupo de científicos, mostró como pacientes preferían tener una colonoscopia, que era muy dolorosa durante un corto tiempo y luego solo ligeramente desagradable frente a una colonoscopia que era muy dolorosa durante el mismo corto tiempo y luego paraba.

La implicación de este fenómeno en la felicidad es que muchas veces estamos tentados a buscar cosas que nos dan un pico alto de placer o que acaben en un punto alto de alegría, cuando lo suyo seria maximizar el nivel de felicidad eligiendo aquello que nos da alegría a un menor nivel de intensidad, pero por más tiempo.  Una noche de fiesta, por ejemplo, puede causar un mayor impacto psicológico en cuanto al pico alto de disfrute y su fin en un punto positivo. Pero adquirir una nueva habilidad o aprender de la lectura de un buen libro produce picos menos altos en intensidad, pero pueden proporcionar más tiempo de felicidad si figurativamente se suman todos los momentos de alegría que producen.

 

No hay una receta que se aplique a todos. No hay una pastilla que garantice que todo vaya a ser perfecto, y es que no existe tal cosa como una vida perfecta. Siempre parece que hay mil motivos por los que una persona lo tiene más fácil para ser más feliz que tú. Pero no olvides que habrá quien te vea a ti y piense lo mismo, “si yo tuviera eso, si yo fuera así, entonces seguro sería feliz”. Pero la verdad es que todos tenemos algo de que estar felices, y algo por lo cual estar tristes.  Es importante recordar nuevamente que la psicología humana y su perspectiva de la felicidad no es objetiva. A un grupo de participantes se les daba a elegir entre que una taza o una cantidad de dinero. Se les preguntaba cuánto dinero haría falta para que eligieran el dinero. La cantidad media era de $3.50. A otro grupo de participantes se les regalaba una taza y les preguntaban cuánto dinero haría falta que les den para que la devolvieran. La media esta vez era de $7.12. En ambas circunstancias la taza era la misma, pero el hecho de poseer la tasa, el hecho de que la tasa fuese suya, hacía que el objeto tuviese el doble de valor en sus vidas. Varios estudios que han seguido a ganadores de la lotería muestran que ganar grandes sumas de dinero dan gran alegría, pero que en un par de meses vuelven a ese nivel de felicidad base. A pesar de toda circunstancia, lo que hace que una persona sea feliz versus a quien no lo es, es el simple elemento de saber buscar la felicidad: buscando cubrir las necesidades básicas, nutriendo las relaciones y apego, teniendo una mentalidad positiva, buscando ser altruista y dando a la vida un sentido superior.

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